jueves, 4 de noviembre de 2010

Que pasa con la Ley 29517 ??? por que no se cumple???


Hasta cuando permitiremos que estas cosas sucedan, la siguiente es una carta de un trabajador en un casino miraflorino, que por obvias razones no se identifica, pues necesita el trabajo, su reclamo no puede ser mas poetico, que opinan??
Una carta para mis pulmones.
Si alguna vez una persona se atreviese a gritar. A decir basta. A mirar hacia atrás y a reprochar todo aquello que nos trajo hasta este punto. A ver las caras infames de cientos de fantasmas que en su paso por esta tierra plagaron de suciedad las limpias fachadas del mural en nuestros corazones, que las llenaron de negrura y de amargura; enfermedades y pesares. No con intensión pesimista ni retrógrada, sino con la mera y simple intención de darle una cachetada al pasado para finalmente decir: hasta nunca y así poder voltear la página de nuestra historia.
Una vez, una persona en un lugar lejano creó lo que para él sería tal vez una manera de contactar a sus dioses, ahumando sus pensamientos y llevando su espíritu a un mundo lejano. Tal vez su intención nunca fue mala; quien sabe, yo no soy nadie para juzgarla. Pero sí puedo decir que aquel hecho, el cual una vez fue visto como señal de estatus y posicionamiento, fue adoptado por las generaciones de aquel futuro las cuales lo llevaron, como casi todo en este mundo, a un nivel totalmente degradado y sin un ápice de gracia. Durante los casi veintidós años que llevo respirando el mismo aire que usted, sé tan bien como mis pulmones que el oxígeno que una vez inhalé desde la copa del árbol del parque de mi casa ya no es el mismo que me toca aspirar cada vez que tengo trabajo. Sí, todos nos damos cuenta de eso, pero, debemos trabajar, ¿no? -esa es la respuesta que suelo escuchar en la esquina de Larco con Veintiocho: el lugar donde laboro.
Las toneladas de humo que me veo obligado a respirar en esas pequeñas salas, en donde las máquinas con luces titilantes y gente que oprime botones hasta formarse cayos, me dejan la ropa (incluyendo los calzoncillos) oliendo a nicotina de las más alta pureza. ¿Qué debo hacer yo? ¿Qué es lo que haría usted, mi buen lector? Respirar, ¿no cree? Pues yo lo hago, y voy contra mis propios impulsos vitales; contra mi propio instinto que me grita: ¡Corre de ese antro y salva tus pulmones; salva al menos lo poco que nos queda! Pero no puedo, no por el momento. Tengo que trabajar. Tengo que reunir dinero para finalmente invertir en lo que me gusta y hacer lo que me divierte: escribir; tal y como lo hago esta tarde de octubre. Por eso simplemente me contento con leer un burdo letrerito pegado en la pared que reza el siguiente mensaje: “Fumar es dañino para la salud. El humo también daña a los que no fuman”. Debo decir que a veces me rio entre tosidos, pienso que si no respiro, o al menos intento hacerlo lo menos posible durante las ocho horas y media que dura mi jornada me intoxicaré menos. Rio en silencio mientras gente arrugada y sin gracia me silba y dice: ¡Flaco, cigarrillos, por favor! Esos son los más educados debo decir, pues hay ocasiones en que “dignos caballeros y damas” únicamente alzan la mano y hacen un ademán con los dedos índice y medio, mientras que con la otra mano continúan oprimiendo los botones de la máquina con la esperanza de hacerle devolver todo el dinero que ya les comió.
Muchos de ustedes pueden pensar: “Bueno, si tanto te molesta el trabajo pues pide que te cambien de área o simplemente busca otro”. ¿Tan sencilla es la respuesta? ¿Qué sucedería si yo me voy? ¿Algo cambiaría? ¿O simplemente traerían a algún otro para que se asfixie en mi lugar? Quien sabe y no es su propio hijo el que tenga que lidiar con ello; no solo en un lugar de trabajo como el mío, sino en los lugares de recreación a los que frecuentan, supongamos: discotecas, bares, pubs, cafés… los ejemplos sobran; estoy seguro de que en cualquiera de ellos habrá gente que succiona esos cilindros bicolores a los que alguna vez un gran pensador llamó: clavos de ataúd.
No, la solución no es esa. La solución por la que mis pulmones gritan y suplican está “apunto” de ser ejecutada. Por eso hay un número que me da esperanzas y por el cual prendo una velita misionera: 29517.
Todavía no sé hasta cuando tendré que soportar las humaredas que cada fin de semana revuelven y ahúman mis pensamientos, pero según lo que investigué ya falta muy poco y las horas están contadas, sólo espero, señor lector, no morirme antes de tiempo.

A. A. H. P.
22/10/2010 (6:23pm)
Creación original.

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